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Datos biográficos: El 19 y 20 de diciembre de 2001, las
movilizaciones sacudieron al país, mientras se tomaban fábricas, surgían
asambleas vecinales y se organizaban movimientos de desocupados. Aunque Pan y Rosas
se formó recién a mediados del 2003, empezó a gestarse al calor de estos
procesos. En la fábrica Brukman bajo control de las obreras, nos conocimos las
mujeres del PTS, de agrupaciones feministas e independientes que después
conformamos Pan y Rosas. Éramos no más de diez, que veíamos que casi ninguna
organización de mujeres planteaba que la lucha contra el patriarcado estaba
indisolublemente ligada a la lucha contra el capitalismo. Y nosotras estábamos
convencidas de que hacía falta una voz que denunciara las miserias a las que el
capitalismo somete doblemente a las mujeres y que se propusiera organizar a las
mujeres trabajadoras y de los sectores populares. Finalmente, a mediados
del 2003, durante los preparativos del XVIII Encuentro Nacional de Mujeres en
Rosario, un grupo de viejas activistas por el derecho al aborto convocaron a
todas las feministas, grupos y partidos de izquierda a organizarse para
enfrentar el ataque de la
Iglesia. Allí, con esta decena de compañeras, acordamos
participar juntas del Encuentro de Rosario. Y, al regreso, con cerca de treinta
compañeras, fundamos la agrupación. Hoy, somos un millar de mujeres en todo el
país, estudiantes, trabajadoras y amas de casa. Y además, están nuestras
compañeras de Pan y Rosas de Chile, Brasil, México y el Estado Español. La
agrupación de mujeres Pan y Rosas se propone desarrollar la organización de las
mujeres trabajadoras, amas de casa y estudiantes, poniendo en pie un amplio
movimiento de mujeres en lucha en las calles, organizado en los lugares de
trabajo, en los barrios, en los colegios y las universidades. Luchamos por el
derecho al aborto, contra toda forma de violencia hacia las mujeres, contra las
redes de trata, por los derechos de las mujeres trabajadoras. Pero nuestra
lucha no se limita a “la ampliación de derechos”, ya que los derechos avanzan y
retroceden según la relación de fuerzas más genera. Por eso, la clave es prepararse para
triunfar, barrer con los capitalistas y empezar la edificación de una sociedad
liberada de las cadenas de la explotación y la opresión. Porque, como escribía
Lenin, “la igualdad ante la ley no es aún la igualdad ante la vida.” Y nosotras
luchamos por la igualdad ante la vida, por eso, luchamos por el socialismo.
Ponencia : Patriarcado,
capitalismo y luchas de las mujeres
Desigualdades y contradicciones
La
actualidad nos muestra muchas contradicciones con respecto a la situación de
las mujeres.
En
las últimas décadas las mujeres adquirimos derechos inusitados y podemos hacer
un ejercicio muy fácil para entender estos grandes cambios. Si pensamos en la
vida de nuestros abuelos varones y de nuestras abuelas mujeres y las comparamos
con nuestras propias vidas nos vamos a dar cuenta que mientras la vida de los
hombres no son muy diferentes, abuelos- hombres actuales, la vida de las
mujeres, abuelas- mujeres actuales, hay grandes diferencias en el terreno de
los derechos conquistados.
Hace
un siglo atrás las mujeres no podían acceder a las universidades. Los hombres
sí. Las mujeres no podían trabajar fuera de su hogar. Los hombres sí. Las
mujeres no podían, ni siquiera manejar, por ley, sus bienes. Los hombres sí
podían hacerlo. Las mujeres no contaban con métodos anticonceptivos que
pudieran controlar ellas mismas. Los hombres sí. Las mujeres no podían votar o
ser electas. Los hombres sí.
Para
las mujeres, el último siglo, ha sido, el de mayores avances. Acceso a la
educación superior, derecho al voto, divorcio, derecho al aborto en algunos
países, cupos parlamentarios, mujeres presidentas, patria potestad compartida,
cuestionamiento social y político generalizado hacia la violencia contra las
mujeres, etc. En sólo cien años la vida de millones de mujeres cambió mucho más
que la vida de millones de hombres durante el mismo período.
Sin
embargo, en un proceso profundamente desigual y combinado, las mujeres no se
han liberado de la opresión, que ha encontrado, formas más brutales para
manifestarse. Las antiguas formas de opresión se transformaron en negocios
durante las últimas décadas: la apertura de las fronteras para el
comercio internacional, los paraísos fiscales, la concentración de mujeres
jóvenes desarraigadas en enormes ciudades-factorías de fronteras, el
crecimiento del tráfico de drogas y la corrupción permitieron que el tráfico de
mujeres para snuff, pornografía, esclavismo sexual y prostitución se
transformara en un colosal negocio que alcanza a 4 millones de mujeres y 2
millones de niñas cada año, produciendo una ganancia de 32 mil millones de
dólares para los proxenetas (entre cuyas redes siempre se encuentran políticos,
empresarios, fuerzas represivas, funcionarios judiciales, religiosos, etc.).
Por otra parte, la creciente
penetración de los medios de masas e internet, la cultura de la imagen, el
desarrollo de la medicina y de las posibilidades de intervenciones quirúrgicas,
etc., transformaron al cuerpo de las mujeres en una mercancía a un nivel nunca
antes visto, al mismo tiempo que a las mujeres se las reduce a consumidoras de
mercancías que le permitan transformarse en ese estereotipo imposible de
alcanzar. Esto abarca desde la
exposición permanente de mujeres desnudas o semidesnudas en la publicidad, los
programas de TV, las revistas, etc. hasta la exigencia impuesta de cuerpos
saludables, jóvenes y delgados a través de dietas, operaciones, tratamientos
médicos, ejercicios físicos, etc.
Las corrientes feministas que luchan
por los derechos de las mujeres van desde la necesidad de avanzar en reformas
legales y sociales, con la perspectiva de una democracia radical que incluya a
los sectores marginados del sistema, hasta la necesidad de una lucha
anticapitalista, con la perspectiva de que los distintos movimientos sociales
confluyan en el derrocamiento de este sistema clasista y patriarcal.
Sin embargo, es una utopía
reaccionaria creer que puede conquistarse la plena igualdad de derechos de las
mujeres con respecto a los hombres sin cuestionar que, entre los hombres, tampoco
existe igualdad, porque el sistema capitalista se basa en la propiedad privada
de los medios de producción y la esclavitud asalariada de millones de seres
humanos. Por otro lado, también es utópico plantearse el derrocamiento del
sistema capitalista a través de la “suma” de los movimientos de los sectores
oprimidos, sin establecer que el sujeto directriz de la revolución socialista
es la clase trabajadora. Porque si bien la opresión de las mujeres no nace bajo
este modo de producción, sino que se origina hace miles de años, con las
sociedades de clase, es necesario avanzar en el derrocamiento del capitalismo
para iniciar la construcción de una sociedad sin explotadores y ninguna forma
de opresión. A diferencia del stalinismo que consideraba que con la toma del
poder estaba garantizado el desarrollo del socialismo en sus “nueve décimas
partes”, los marxistas revolucionarios sostenemos que “la igualdad ante la ley
no es todavía la igualdad frente a la vida”, la que requiere de un largo
proceso de revolución al interior de la propia revolución.
1. El
origen de la opresión. ¿Qué es el patriarcado?
La hipótesis planteada por Engels en El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado propone una relación orgánica entre el surgimiento de
las primeras sociedades divididas en clases (la aparición de la propiedad
privada y el surgimiento, por tanto, del Estado) y la transformación de los
grupos familiares (hordas, clanes, tribus) en la clásica familia monogámica, es
decir, un tipo de organización para la reproducción que imponía a las mujeres
la reclusión en un hogar (privado) para garantizar la legitimidad de la
descendencia de los grupos y clases dominantes. Por tanto, en la hipótesis
sostenida por el marxismo, el patriarcado
aparecería históricamente ligado a una necesidad de las clases dominantes para
garantizar la perpetuación de su dominio.
Junto con esta hipótesis, Engels aventura
la idea de un supuesto sistema “matriarcal” que habría regido en las
organizaciones sociales anteriores a la división en clases (comunismo
primitivo). Sin embargo, esta hipótesis ha sido cuestionada por distintos
desarrollos de la antropología y por los estudios feministas desde distintos
ángulos. En primer lugar, porque el término “matriarcado” invita a pensar, por
analogía con “patriarcado”, que las mujeres habrían tenido un poder social que
se sostenía en la opresión de los hombres, cuando las sociedades
“pre-patriarcales” se caracterizarían justamente por la inexistencia de
relaciones de opresión social. Actualmente se prefiere hablar de sociedades
“matrilineales”, es decir, donde la genealogía, el linaje o las estructuras de
parentesco se establecían a partir de la línea sanguínea materna, por
desconocimiento del papel del hombre en la reproducción. Por otro lado, se
cuestiona la idealización o romantización de las sociedades preclasistas
realizada por Engels.
Aun sin contrariar, en lo esencial, la
hipótesis marxista, hay numerosos estudios antropológicos que muestran que las
relaciones entre los seres humanos primitivos no se basaban en la “cooperación”
y la “armonía”. En la economía donde la tierra es meramente un objeto de trabajo y no un medio (es decir, cuando aún no se había
descubierto la técnica de la agricultura ni la domesticación de animales y la
supervivencia se garantizaba mediante la recolección, la caza, la pesca, etc.),
las relaciones sociales engendradas por este modo de producción “a corto
plazo”, son también necesariamente precarias, inestables y el lazo sanguíneo no
tiene mayor relevancia para la pertenencia a la horda que el aporte que el
individuo podía realizar por sus aptitudes físicas, dando lugar a una “libre
asociación” de individuos. Este modo de producción y reproducción de la vida
implica, necesariamente, una mayor preponderancia de las leyes naturales y, por
tanto, es factible pensar que bajo el régimen de la “supervivencia del más
apto”, las mujeres, niñas y niños constituirían grupos más vulnerables bajo
determinadas circunstancias. En
Marx y Engels, por el contrario, subyace la idea de una comunidad organizada en
función de lazos sanguíneos (por línea materna, dice Engels) que, como señalan
autores contemporáneos, corresponden a una etapa posterior, algo más desarrollada. A
este período ya corresponde, sin embargo, una primitiva división sexual del
trabajo: mientras los hombres eran los que preponderantemente se dedicaban a la
caza y la pesca, las mujeres prevalecían en la recolección de frutos, la caza
de animales pequeños e inofensivos, etc. Esto se debía, obviamente, a las
diferencias anatómicas y, fundamentalmente, a las limitaciones que los
embarazos y partos imponían a las mujeres.
Con el proceso de transformación de la
sociedad recolectora en productora, entonces, las comunidades se vuelven
sedentarias y se produce una mayor división social del trabajo entre los seres
humanos: ahora, los individuos gozaban de mayor tiempo libre para dedicarse a
la especialización en determinados oficios, para mejorar sus destrezas; pero,
además, el establecimiento de las comunidades en zonas con determinadas
características naturales, también permitía que algunas aldeas se dedicaran a
ciertas producciones, mientras otras comunidades se especializaban en otras,
dependiendo de la materia prima, el clima y otras características que
predominaran en su región. Esto hizo crecer aún más velozmente la productividad
del trabajo humano. La agricultura es una tarea eminentemente social, que
requiere el esfuerzo cooperativo de varios individuos. Estas características
del nuevo modo de producción contribuyeron a mantener juntos a los productores
durante toda la duración del ciclo agrícola.
Recién aquí –según antropólogos contemporáneos- es posible empezar a hablar de
familia: el grupo social era la tribu, constituida por varios clanes. Los
clanes, en una primera etapa, se definen de manera matrilineal, es decir,
recién ahora empiezan a establecerse lazos de filiación sanguínea donde la
genealogía, el linaje o las estructuras de parentesco se establecen a partir de
la línea materna. Pero esto entraña una dificultad para la supervivencia de la
tribu, porque si el número de mujeres fecundas de un linaje se sitúa por debajo
de cierto umbral, las posibilidades de reproducción de la tribu se encuentran
amenazadas. Las mujeres son una fuerza (re)productiva muy apreciada, ya que son
las que reproducen a las nuevas generaciones de productores; surge entonces la
tendencia al rapto y la guerra, convirtiendo al cazador en guerrero, es decir,
permitiendo la aparición de una nueva función social. Las
mujeres, por ser los individuos más preciados para la reproducción de la
sociedad, se transformaron en socialmente vulnerables, empezaron a encontrarse
sometidas a una situación de dependencia con respecto de los hombres. Pero en
la medida en que avanza el desarrollo de las técnicas agrícolas, el rapto y la
guerra por la prosecución de mujeres se empieza a convertir, relativamente, en
un estorbo para la producción, por las bajas de productores que provocaban. Las
sociedades debieron evolucionar en la búsqueda de una solución pacífica para la
distribución de mujeres con el fin de la procreación. De modo tal que, junto
con el desarrollo productivo, la acumulación de un sobrante, el monopolio de
las armas por parte de los hombres adultos y el confinamiento de las mujeres
casi exclusivamente a las tareas reproductivas, va surgiendo un nuevo sistema
para la reproducción, basado en el intercambio pacífico de mujeres entre las
tribus que permitía evitar la desaparición por falta de descendencia. Pero
entonces, la progenie de la mujer extranjera que ha sido incluida en la
comunidad, pertenecerá a esta nueva tribu que la ha recibido, es decir, la
línea sanguínea materna se reemplazará por la línea paterna. De este modo, empieza
a establecerse el patriarcado, el sistema de relaciones sociales para la
reproducción, en el cual los hombres adultos ejercen dominio sobre las mujeres,
niñas y niños.
Con el desarrollo y la consolidación
de la propiedad privada, la familia patriarcal toma progresivamente la forma
definitiva que se ha conservado casi igual a sí misma a través de la historia
de las sociedades de clase, hasta llegar al capitalismo de nuestros días.
Mediante la reclusión de las mujeres en los hogares, confinadas casi
exclusivamente a las tareas reproductivas, la familia patriarcal –en la cual se
impone la monogamia a las mujeres- se convierte en la principal institución
para garantizar la legitimidad de la descendencia del propietario. Así se fue
gestando la gran división entre producción y reproducción, entre lo público y
lo privado, entre el mundo del trabajo y el hogar.
Por nuestra parte, hemos sostenido la
hipótesis de Engels en sus aspectos fundamentales –aun teniendo en cuenta los
aportes resultantes de los estudios antropológicos y otros desarrollos
científicos contemporáneos-: que el
origen de la opresión de las mujeres está vinculado al origen de la familia
patriarcal, la propiedad privada y el Estado.
Siguiendo esta hipótesis, entonces, la opresión de las mujeres (“la gran
derrota del sexo femenino”, según Engels) se sustenta en la apropiación de las
mujeres para la reproducción, limitándolas a las tareas domésticas relacionadas
con ella, a través de la reclusión en el hogar y la imposición unilateral de la
monogamia. Es decir, la opresión de las mujeres se fundamenta en
la enajenación de su propia sexualidad o el control patriarcal de la misma a través
de la heterosexualidad normativa y la institución del matrimonio y la familia
monogámica, por un lado, y, por otro lado, en la obligación del trabajo
doméstico (es decir, el que está ligado a las funciones reproductivas) que le
es consustancial. La
otra cara de esta moneda es la aparición de la prostitución, es decir, de la
comercialización o explotación del cuerpo y la sexualidad de las mujeres para
su disfrute por parte de los hombres.
2. Patriarcado
y capitalismo
Con el advenimiento del capitalismo,
la familia de las clases trabajadoras se transforma casi íntegramente en una
unidad de asalariados. Por primera vez en la historia, las mujeres, e incluso
las niñas y niños, fueron incorporados masivamente a la producción
extra-doméstica. El desarrollo industrial y la producción de bienes de consumo
a gran escala –con la consiguiente tendencia a la desaparición de la necesidad
de la producción doméstica para la reproducción de la fuerza de trabajo-
hicieron que Marx y Engels sostuvieran la idea de que el capitalismo destruía
las bases de la familia proletaria y tendía a su desintegración. Si
bien esto se puede considerar acertado en términos generales o tendenciales,
también es cierto que el capitalismo incorpora la fuerza de trabajo de las
mujeres a fábricas, talleres y empresas; pero sin abolir la “naturalización” de
que el trabajo doméstico les sigue correspondiendo a las mujeres, porque en ese
trabajo no remunerado radica, en gran parte, el sostenimiento de la familia
proletaria o, dicho en otros términos, ese
trabajo doméstico gratuito disminuye el costo de reproducción de la fuerza de
trabajo.
Este trabajo necesario para la
reproducción de la fuerza de trabajo comprende, en primer lugar, ciertas
actividades diarias para restablecer la energía de los productores
permitiéndoles volver a trabajar; en segundo lugar, esas mismas actividades
pero para mantener a los miembros inactivos de las clases explotadas –niños,
viejos, enfermos, desocupados e incluso a quienes están implicados
exclusivamente en estas actividades de “mantenimiento”, como las amas de casa-.
Pero también, para la reproducción de la fuerza de trabajo es necesario un
proceso de “reemplazo”, de renovación generacional, que sustituya a los
miembros de las clases explotadas que mueren o ya no pueden trabajar, por otros
miembros más jóvenes aptos para ser explotados. Ese trabajo “invisible”, que
permite que millones de asalariadas y asalariados se levanten todos los días
para ir a su trabajo, que a cada generación de asalariados, le siga otra generación
de asalariados, y que todos los miembros de la familia trabajadora que no son
“productivos” para el capitalismo, sean mantenidos sin que a la patronal le
cueste un centavo todavía lo realizan, en una mayoría abrumadora y aún bajo
condiciones casi arcaicas, las mujeres y las niñas.
La brutal explotación de las mujeres,
niñas y niños al mismo nivel que los obreros masculinos adultos, de los
primeros años del capitalismo industrial, pronto representaron una desventaja
para el propio sistema, porque minaba las bases de esta reproducción gratuita
–para el capitalista- de la fuerza de trabajo. El “ideal” familiar de la
ideología dominante se transformó en el de un núcleo familiar integrado por un
trabajador que con su salario pudiera atender a las necesidades de su familia y
una mujer que se hiciera cargo de restaurar la fuerza de trabajo del obrero y
de preparar a las siguientes generaciones.
A mediados del siglo XX, con el
aumento de la productividad del trabajo, el desarrollo técnico y científico,
mejoraron las condiciones sanitarias y se redujeron las muertes infantiles, se
redujo la tasa de nacimientos y se alivianaron las tareas hogareñas. Con estos
cambios, el modelo familiar establecido por la ideología dominante comenzaba a
ser altamente “antieconómico”. Las mujeres, permaneciendo en sus hogares,
estaban gastando más tiempo de trabajo del necesario para la reproducción de la
fuerza de trabajo. Si antes una mujer atendía a cinco o seis niños, ahora
atendía a dos. El sistema escolar y las guarderías eran mucho más efectivas,
permitiendo que una trabajadora asalariada cuidara de varios niños y liberando,
a cambio, la fuerza de trabajo disponible de decenas de mujeres que podían
incorporarse al mercado laboral. La tendencia a la incorporación de las mujeres
al trabajo extra-doméstico va en aumento, hasta nuestros días, a pesar de las
fluctuaciones que se producen en los momentos de crisis económica. Y esta
incorporación de las mujeres al mercado laboral las ha llevado a exigir más
derechos para el ejercicio de sus funciones reproductivas y productivas, cuestionando
incluso la dependencia económica de los hombres y los modelos tradicionales de
familia.
Sin embargo, si esta tendencia no
puede llegar a realizarse completamente es porque, en primer lugar, la plena
socialización de las tareas domésticas y la crianza de los niños requiere de un
alto nivel de inversión que el capitalismo no está dispuesto a hacer (ni
siquiera en los “gloriosos” años de keynesianismo, cuando se consiguieron los
más grandes niveles de “beneficios” sociales para la clase trabajadora y, menos
aún, en períodos de crisis económica como el actual). En segundo lugar, porque
la “ideología familiar” permite, en cierta medida, la estabilidad del sistema
con su consecuente reproducción de las jerarquías de poder, el conservadurismo,
el aislamiento con respecto a las demás familias, etc.
Para nosotros, el capitalismo se
presenta como un sistema pletórico de contradicciones: en parte, necesita de
los milenarios prejuicios patriarcales para mantener la explotación de la clase
trabajadora, dividiendo a las filas proletarias con la competencia de la fuerza
de trabajo femenina y masculina, usando a las mujeres como ejército industrial
de reserva, pagándoles salarios menores por igual trabajo, generando
“propaganda patriarcal” a gran escala –incluso a nivel del Estado- cuando
necesita enviarlas al hogar nuevamente, etc. Pero también, necesitó
desmitificar y disolver algunos de los aspectos más arcaicos del patriarcado
para incorporar a las mujeres como nueva fuerza de trabajo durante la
revolución industrial y las guerras mundiales, para lo que hubo que desarrollar
una mayor tecnificación (y por lo tanto, requerir mayor “calificación”) del
trabajo del hogar con los aparatos electrodomésticos que alivianan las tareas y
minimizan el tiempo de su realización (aunque sea para facilitar la incorporación
de las mujeres al trabajo productivo y permitiendo, al mismo tiempo, que sean
ellas mismas las que sigan siendo las responsables de las tareas domésticas al
interior del hogar con aparatos manuables, pequeños y livianos); desarrollando
los métodos anticonceptivos y legalizando el aborto, aún con el enfrentamiento
de la Iglesia
y otros sectores fundamentalistas, para que las cargas reproductivas no
interfieran en la incorporación de las mujeres como fuerza de trabajo, etc.
Todo esto, claro está, mediado por las luchas de las propias mujeres por conseguir
mayores grados de autonomía y por la lucha de clases, en general.
La situación actual es mucho más
compleja y diversificada que en los tiempos de Marx y Engels. Insistimos en su
carácter desigual y combinado, precisamente porque las mujeres han alcanzado,
recién en el último siglo y casi a escala planetaria, los mismos derechos
formales que los hombres; se han incorporado al trabajo con la consecuente
doble jornada laboral que se les impone tradicionalmente, pero también esto les
ha permitido alcanzar mayores niveles de autonomía económica, social, afectiva
e incluso sexual, que los que tenían sus madres y abuelas; aun cuando son el
70% de los analfabetos del planeta, también empiezan a crecer las tasas
femeninas en las universidades de todo el mundo; etc.
3. ¿Qué
hacer?
Desde la agrupación de mujeres Pan y
Rosas apuntamos, fundamentalmente, contra el Estado capitalista; pero no es
sólo el Estado el que oprime a las mujeres, sino el propio sistema capitalista
en general.
Enfrentamos tanto a las tendencias
reformistas como “ultraizquierdistas” del feminismo, que son complementarias:
mientras las primeras abandonan el objetivo de la liberación de la mujer, en
aras de conseguir algunas limitadas reformas parciales que, en última
instancia, terminarán convirtiéndose en “avances” individuales para ciertos
sectores privilegiados de mujeres; las otras pretenden mantenerse al margen de
la disputa por el poder del Estado, mediante la creación de “constrainstituciones”,
“contracultura” y “contravalores” opuestos a los imperantes. Ambas tendencias,
por lo tanto, son enemigas de la lucha de clases y de nuestro programa y
nuestra estrategia obrera, revolucionaria, socialista para la lucha de las
mujeres por su emancipación.
Son muchas las cuestiones que se
incluyen en nuestro programa para la mujer (desde la educación hasta la
sexualidad, desde el trabajo hasta la prostitución, etc.). Pero justamente por
la hipótesis que esgrimimos sobre el origen de la opresión de la mujer, creemos
que, programáticamente, adquiere vital importancia abordar con mayor precisión
los siguientes aspectos, en los que, además, se centran algunas discusiones
actuales: el trabajo doméstico, la doble
jornada laboral, las cuestiones relativas a la sexualidad, la reproducción y el
derecho al aborto, la violencia específica de la cual son víctimas las mujeres
y la prostitución, la trata y el
proxenetismo.
Con respecto a la prostitución, la tradición del marxismo y la del
feminismo coinciden en la defensa de las mujeres en situación de prostitución y la
condena de la explotación sexual. Socialistas y feministas han sido,
tradicionalmente, abolicionistas.
Sin
embargo, desde los ‘90 ha surgido un nuevo debate ligado al enorme desarrollo
que alcanzaron las redes de trata y prostitución, las millonarias ganancias que
alcanzó este negocio ilegal y acompañado por la ideología individualista propia
del neoliberalismo. La OIT
sugirió a los gobiernos regular la prostitución como actividad comercial, para
que el “sector del sexo” sea reconocido con “extensión
de la red fiscal a las numerosas actividades lucrativas que lleva aparejadas.” La Organización Mundial
de la Salud,
por su parte, solicitó que la prostitución fuera regulada aduciendo que, de ese
modo, sería más fácil implementar planes de control sanitario para prevenir el
SIDA.
Inmediatamente fluyeron fondos de cooperación internacional para proyectos de
ong’s y estatales que propiciaran la organización de sindicatos de mujeres en
situación de prostitución. Estos proyectos, monitoreados por las agencias
internacionales, obligaban al uso del término “trabajo sexual” y a la
denominación de estas mujeres como “trabajadoras sexuales”, desarrollando
además la ideología de que se trataba de una “opción” laboral. Cualquier
crítica contra la idea de que se trataría de un trabajo equiparable a cualquier
otro, es desestimada bajo la acusación de estar “discriminando” a las “trabajadoras
sexuales” o tener una visión “moralista”.
Esto
ha llevado a un debate entre diversas organizaciones de mujeres en situación de
prostitución y feministas. En Argentina, por ejemplo, ligada a la CTA surgió el sindicato AMMAR
(Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) que rápidamente sufrió una
ruptura de la seccional Capital que se negó a considerar “trabajo” a la
prostitución y planteaba que había que luchar por capacitación de las mujeres
en distintos oficios, salida laboral, etc. Algunos grupos feministas que se destacan
por su tarea de organización y lucha contra la prostitución han enfrentado
también esta nueva tendencia aparecida en los ’90, pero en general,
políticamente apuntan a pedir la intervención del Estado para la prohibición de
la prostitución y/o el castigo a los clientes.
En
los últimos años, también se ha visibilizado más la prostitución masculina y la
prostitución de “alto nivel” (donde la idea de una supuesta “libre opción” para
su ejercicio, es más preponderante). Sin embargo, el fenómeno de la
prostitución sigue siendo mayoritariamente protagonizado por mujeres pobres y
en condiciones de dependencia que llegan, incluso, a la esclavitud.
Ante
el tema de la prostitución, hemos planteado el cese de la persecución policial
y de la criminalización de las mujeres en situación de prostitución, el pleno
acceso a la salud y la educación y el derecho a autoorganizarse por sus
demandas, exigiendo también que tengan la opción de ejercer un oficio o tener
un trabajo genuino con un salario equivalente a la canasta familiar, vivienda,
salud y educación gratuitas.